Aceto balsamico tradizionale - consorzio di Reggio Emilia

Aceto balsamico tradizionale consorzio tra i produttori di aceto balsamico tradizionale di Reggio Emilia

Una obra maestra de la naturaleza y del hombre
Un tesoro en cada gota
Esta tierra ha inspirado a poetas, pintores y gourmets
Una panacea para el gusto
Un bien familiar
El origen de todo está en la uva
Arriba el sabor
Vinagre Balsámico Tradicional de Reggio Emilia


La del Vinagre Balsámico Tradicional de Reggio Emilia es una historia rica de sabor, que ha sabido conquistar a emperadores, príncipes y duques.

El primer testimonio escrito lo encontramos en el poema “Vita Mathildis”, escrito por el monje Donizone. En él se cita un hecho del año 1046: cuando Enrique III, emperador de Alemania, de viaje hacia Roma para la coronación, hizo un alto en Piacenza y escribió a Bonifacio, señor del Castillo de Canossa (cerca de Reggio Emilia), para pedirle un vinagre especial del que “había oído que allí se hacía a la perfección”. Según cuenta el monje de la Edad Media, Bonifacio mandó construir una pequeña barrica de plata que contuviera el precioso néctar y se la envió en un carro. Al parecer, el rey “agradeció mucho aquél magnífico regalo”. En aquella época el Castillo de Canossa albergaba un formidable tesoro de barricas para la producción de vinagre balsámico, si bien  haya pasado a la historia por la humillación sufrida por el emperador excomulgado Enrique IV, que esperó tres días bajo el castillo, descalzo sobre la nieve, antes de ser recibido y perdonado por el Papa Gregorio VII. En el siglo XII existían ya indicios de asociaciones de productores de vinagre en Reggio Emilia y en Scandiano, verdaderas congregaciones cuyos afiliados debían jurar que no revelarían a nadie el secreto del preciosísimo elixir.

El vinagre era empleado principalmente como medicamento en los dolores del parto por Lucrecia Borgia o como remedio farmacéutico para calmar el dolor de garganta, la respiración jadeante, la indigestión, la mordedura de animales venenosos, los desmayos, como cardiotónico e, incluso, como poderoso afrodisíaco. 
Durante el Renacimiento, el vinagre balsámico empieza a hacer su aparición en las mesas de la nobleza, especialmente en la de los Duques de Este.

Ludovico Ariosto, nacido en Reggio Emilia, debía llevar siempre consigo el placer de este noble condimento, llegando a escribir en una de sus Sátiras: “en mi casa me sabe mejor un nabo cocinado por mí; una vez cocido, lo mondo y lo ensarto en un palo y luego lo riego con vinagre y mosto cocido”.

Si nos acercamos a nuestros días, también en los archivos notariales se aprecia el aroma del vinagre balsámico: en efecto, por los listados dotales de las familias nobles de Reggio Emilia del siglo XIX se deduce que era una costumbre bastante difundida enriquecer la dote de la dama que iba a ser llevada al altar con baterías de barricas de vinagre balsámico. Una verdadera tentación para los gourmets.


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